Santo Toribio de Liébana y el Lignum Crucis

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Diríase que Liébana entera es un nacimiento, un belén. Montañas gigantes, alternando con verdes colinas; ríos de aguas transparentes poblados de truchas; pequeños y estrechos valles, cubiertos de verdor y de frutales; pueblecitos pintorescos colgados como nidos de águilas en los escondidos rincones de los montes…

Pero el viajero no está para tan bucólico derroche de metáforas y cierra la guía, en la que buscaba información mientras descansa, sentado en el pretil del viejo puente de piedra; antes de encaminarse finalmente a Potes, centro de esta comarca montañesa, para comprobar sobre el terreno la excelencia del paisaje: y de paso, el encanto de la vieja piedra unido a las costumbres y tradiciones de la gente del lugar.

Potes (Cantabria)

Especialmente se siente atraído por lo que, según tiene entendido, es el mayor de sus tesoros: La reliquia de la Santa Cruz o Lignum Crucis. El mayor trozo que se conserva en toda la Cristiandad de la Cruz de Cristo y que lleva aquí más de mil años.

Y no es que el viajero se considere muy devoto: sino que es más bien escéptico en todo lo tocante a las reliquias de Cristo tales como lienzos, clavos, espinas, cabellos, sangre y otros fetiches que pululan por esos mundos de Dios. Sobre todo si se trata de leños o astillas de la cruz, ya que no solo está de acuerdo con lo que hacia el año mil quinientos y pico escribiera Alfonso de Valdés (Pues de palo de la cruz digo os de verdad que, si todo lo que dicen que hay della en la Cristiandad se juntase, bastaría para cargar una carreta), sino que piensa que se quedó corto: Camiones harían falta hoy en día para cargar con ellas porque no hay reliquia más agradecida ni que cunda tanto.

Pero pronto abandona recelos y prejuicios infundados y reanuda ingenuamente su camino con la mejor disposición de ánimo; (o sea, predispuesto a tragarse el anzuelo y la caña si fuera preciso).

El pueblo “arde en fiestas”, que se dice. Por sus calles —donde se ofrece al visitante los productos de la tierra— y por sus tabernas discurre un reguero de gente, mayormente llegadas de fuera.

Hay torneo de bolos, carrera de madreñas (albarcas, le llaman por aquí) y… ¡lo nunca visto!, una gran carrera de burros según se anuncia a bombo y platillos. Y el pobre viajero se pone melancólico recordando su niñez cuando, por estas fechas, se organizaban carreras como la que está a punto de presenciar en este momento a muchos kilómetros de distancia del su pueblo. Pero enseguida se le pasa la morriña porque la ridícula atracción de feria que contempla, de niñatos y niñatas tambaleándose sobre borricos que a duras penas se mueven, nada tiene que ver con las denodadas y montaraces carreras de Feria (con mayúscula), que conserva vagamente en su memoria.

Santo Toribio de Li´´ebana

Monasterio de Santo Toribio de Liébana

De Potes a Santo Toribio de Liébana —el santuario que aloja la reliquia de la Vera Cruz— hay tres kilómetros escasos de pronunciada pendiente. El paisaje es en verdad admirable y la naturaleza se desborda generosa por cumbres, valles y laderas: Lo peor, la manada de turistas y curiosos que, al socaire de la fiesta y el buen tiempo, bulle por el entorno. No sin contrariedad, el viajero se agrega a la cola de los peregrinos que, atraídos por la fama de los milagros que Nuestro Señor obra por mediación de su Santa Cruz, acude a besar el venerable madero.

Ya dentro del recinto sagrado, observa todo con atención y lo graba en su mollera: Adosada a la majestuosa iglesia gótica sobre restos románicos, hay una amplia capilla barroca en la que se alza un rico y adornado camarín donde habitualmente debe quedar instalada y expuesta la cruz de plata dorada que, en esta ocasión, un fraile ostenta ante el flujo de personas que desfila y se postra ante ella. Cosa que ahora le toca hacer a él (al viajero). Así que besa con fervor y profunda devoción la cruz donde se halla incrustada la insigne reliquia, visible gracias a una cubierta de crital; en tanto que el fraile refunfuña una fórmula que no logra entender. A continuación, se le ofrece una estampa con la reproducción de la cruz que acaba de besar y se la guarda como recuerdo de la visita.

 Santo Toribio de Liébana

Reliquia de la Santa Cruz

Después, recorre el Santuario mientras oye por boca del guía la relación de los hechos y de cómo llegó hasta aquí este tesoro de inapreciable valor.  Y tal como se lo cuentan, lo cuenta:

Aunque nada se sabe fehacientemente (eso fue lo que dijo) de cuando se produjo la llegada a Liébana de este precioso madero de la Cruz de Cristo, una piadosa tradición la relaciona con el origen del Monasterio cuando (y resumiendo que es gerundio) un tal Toribio, allá por el siglo VI, llegó a estas tierras con la misión de convertir a los asilvestrados cántabros al cristianismo; pero parece ser que estos no estaban por la labor y, ante la indiferencia mostrada por los indígenas, el misionero se retiró apesadumbrado al bosque a meditar. Entonces se encontró con un buey y un oso que peleaban y, oh prodigio, con su palabra y haciendo la señal de la cruz consiguió separarlos. pero la cosa no acabó aquí; sino que en agradecimiento, las bestias se aprestaron a ayudarle y uncidos al mismo yugo, acarrearon las piedras para construir la iglesia. A la vista de tamaño milagro se convirtieron los primeros cristianos, los cuales le ayudaron a levantar el templo. En fín, que cuando los musulmanes invadieron la península —según le cuentan—, los cristianos de la Meseta se llevaron la reliquia (que un obispo de Astorga había traído de Tierra Santa) a lugares más seguros. Así fue como llegó a parar a esta bendita tierra, rodeada de imponentes montañas que garantizaban la seguridad del sagrado leño. Este fragmento, ahora dispuesto en forma de cruz (el palo vertical mide 63 centímetros y medio) pasa por ser el mayor conocido, por delante del que al parecer hay en el Palacio Real de Madrid e incluso del que se custodia en el Vaticano.

En este punto, un enterado salta y arguye que no, que el romano le supera ya que mide más de metro y medio. Pero estas cuestiones bizantinas sobre quién la tiene más grande (la cruz) si el rey, el papa o Santo Toribio de Liébana no le interesan al viajero, a quien a estas alturas de la procesión ya le han birlado la poca fe que le quedaba sobre la autenticidad de la reliquia. Así que lía el petate y, como se le hace tarde, se dispone a cambiar de aires.

Beato de Liébana: Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Para aires el que baja ahora de las cumbres de los Picos de Europa, un biruje que corta y hace estremecer al viajero, quien recorre el claustro antes de abandonar el Monasterio, con el gregoriano de los monjes como música de fondo contemplando las bellísimas ilustracciones miniadas del famoso códice del Beato de Liébana. (Un fraile que vivió en esta santa casa allá por el siglo VIII), que decoran ampliadas los muros. En esto, se topa con la reproducción de un documento en el cual puede leer que el Padre Sandoval, cronista de los Reyes y de la Orden Benedictina, que visitó el convento a finales del siglo XVI, asegura que (y el viajero lo anota en su libreta para que no se le olvide) esta reliquia corresponde al brazo izquierdo de la Santa Cruz, que la Reina Elena, madre del emperador Constantino, en el siglo IV, dejó en Jerusalén cuando descubrió las cruces de Cristo y los ladrones: Está serrado y puesto en modo de cruz, quedando entero el agujero sagrado donde clavaron la mano de Cristo.

Pues si lo dijo Sandoval, punto redondo.

El Viajero

Cruz de Mayo

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