Repión

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REPIÓN

Repiar y repión

Al final del verano, por San Miguel,  coincidiendo con la feria de Zafra, todos los muchachos aparecíamos con nuestro repión en ristre, dispuestos a escachar de una cucá al de aquel que se pusiera a nuestro alcance jugando al redondel. La palabra repión, a pesar de ser tan familiar y corriente, —al menos así era para los que completábamos nuestra dieta con la leche americana en aquella escuela de estacazo y tentetieso—, no aparece en los diccionarios al uso. Sabíamos que en los libros se le llamaba peonza (predominante en la zona noroeste) o trompo (sureste peninsular), tal como reflejaba la enciclopedia escolar con aquel dibujo explicativo del movimiento de la Tierra girando sobre sí misma mientras daba vueltas alrededor del Sol. Recurro, por tanto, al diccionario académico, y en las entradas de trompo y peonza remite a peón, que define como ‘juguete de madera de forma cónica y terminado en una púa de hierro al cual se arrolla a una cuerda para lanzarlo y hacerle bailar’.

Peón también es el que va a pie: sea un soldado de infantería, la pieza que lo representa en el ajedrez, un jornalero o un transeunte cualquiera (este último significado le sería usurpado por peatón < francés piéton), por contraposición al caballero o jinete. Así pues, este peón está ya más cercano de nuestro repión, que aparece con ese prefijo re– de refuerzo, repetición o retoceso (tanto da) y cierre de la e protónica, reducción vocálica que también presenta su equivalente portugués pião o el astur-leonés pión (‘especie de trompo sin tornear que se baila con un latiguillo’ refiere el asturiano Rato) pionapionzaPiara también vale ya que cojea del mismo pie, aunque lo disimule.

Pero ya, entre la soldadesca romana junto al nombre peón (pedo, -onis), se detecta la presencia del prefijo en el verbo vulgar latino repedare ‘marchar a pie’ en alusión a las fatigosas marchas forzadas de los legionarios, y luego ‘recular, retroceder’; de donde el  poco usado y ya olvidado repedar repear, referido también al camino que sigue de la perdiz en descampado o al desplazaniento a saltitos de acá para allá del gorriato, hasta parar en el repiar ‘bailar el trompo’ de marras.  Sin entrar en qué fue primero si el huevo o la gallina, o lo que es lo mismo: si el repiar o el repión, se puede asegurar que en las palabras latinas repedarepedonem (derivados ambos de  pes pedis ‘pie’) está el origen de las palabras que nos ocupan. Y otras de esta  numerosa familia como repiona ‘trompo o repión muy grande y poco manejable’ (al de menor tamaño se le llamaba monamonina), repiandera ‘rehilandera o molinillo, aspa de papel sujeta en la punta de una varilla que gira con el viento’, repiangola ‘perinola o perindola’. Esta última dispone de un manguillo para hacerla girar con dos dedos y su cuerpo tiene cuatro caras marcadas con las iniciales T, N, S, P (to, na, saca, pon) para que los niños se jueguen huesos, cartones y otras cosas (cuando los zagales se jugaban estas bagatelas). Suelen ser juguetes todos ellos que repían; esto es, que giran o dan vueltas sobre sí mismos.

Este antiquísimo juguete (se han encontrado ejemplares de arcilla de hace más de 5.000 años en la orilla del río Eúfrates) ha perdido popularidad en los últimos años y los niños de hoy en día ya no saben jugar al repíon o similares; ni a los bolindres y menos todavía, a la bilarda (ellos que se lo pierden). Lo peor es que también se pierden las palabras: tan nuestras y adaptadas a nuestra pronunciación, tan arraigadas y aclimatadas en nuestra tierra. Y todo el ritual: aguzar o sustituir la púa ya gastada por el uso en la fragua, comprar el cordel en la espartería, colocarle la rodela o zapatilla de cuero que conseguíamos en la zapatería (también servía un platillo machacado y perforado o una moneda de real con su agujero para meter la cuerda). Antonio Morales Recio a propósito de este juego en Usagre refiere: «Cual caballero que vela sus armas, así se cuidaban todos los detalles del repión y se dejaba en perfecto estado de revista para la batalla» Y agrega: «El repión viejo estaba curtido en mil combates y mostraba orgulloso sus cicatrices como cualquier veterano de guerra». Esta típica palabra extremeña se emplea especialmente en la Baja Extremadura: Zamora Vicente la recoge en la comarca de Mérida (repiar, repío, repiola, repión, repiona, repionela) y Sergio Hernández de Soto, en la de Zafra (Juegos infantiles de Extremadura), entre otros.

Repión se aplica también por extensión al ‘chiquillo inquieto y bulliciosio’.  Y repiao al tipo ‘chalado, chiflado’: Más repiao que la cuba (de) un pozo, se dice del majareta que está como una regadera. Además del susodicho piara, una ristra de palabras de uso legal, tienen los mismos genes que el prolífico pede(m) ‘pie’: peana, pedal, pedestal, pezuña, peonada, peaje, piojo, pionero, pedestre, pedáneo, rodapiétraspié, apear, respingar, impedir…, así como las variantes locales haspeao ‘despeado, con los pies maltratados de tanto caminar’, penzón ‘pezón’, estrébedes ‘trébedes’ (lat. tri-pede ‘tres pies’, esos que algunos se empeñan en buscarle al gato) y trompezar ‘tropezar’, con esa m de refuerzo por contagio de otras como trompa por el trompazo que te puedes pegar si el trompezón es morrocotudo.

De soniquete parecido, aunque no de contenido, es arrepío ‘arranque, arrebato, pronto… impulso brusco y repentino’. Su origen tampoco tiene nada que ver con pie (aunque sí con otra parte del cuerpo como se verá a renglón seguido). Queda claro que es un lusismo puro y duro: En la lengua portuguesa un arrepio (tal cual) es un repeluco o repeluzno, un ‘escalofrío o estremecimiento súbito provocado por miedo, frío, conmoción etc.’, derivado regresivo del verbo arrepiar, del mismo origen y significación que el muy erudito castellano horripilar ‘horrorizar, causar espanto’ y con sentido propio ‘hacer que el pelo se erice o ponga de punta’ (del lat. horripilare, por composición de horrere ‘estremecerse de miedo, estar erizado’ y pilus ‘pelo’).

Palabrero

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